Justificación

Llamados a estar con Jesús para ser luego, enviados por El, los candidatos necesitan crecer en su adhesión personal a Jesucristo. La exigencia de crecimiento en la fe parte de la realidad bautismal que nos une a Cristo, nos hace hijos adoptivos del Padre y Santuarios del Espíritu Santo. La vocación al presbiterado se fundamenta, pues en la vocación bautismal: el candidato al ministerio, es ante todo, un hombre llamado a la adhesión personal a Jesucristo por medio de la fe, la esperanza y la caridad. La vida espiritual informa y anima todos los aspectos de la formación presbiteral. Por tanto, el Seminario debe ofrecer el ambiente propicio y la organización adecuada que favorezcan el desarrollo de esta vida espiritual, abriendo más espacios para la liturgia, la oración, la piedad mariana, la dirección espiritual y la Lectio Divina.

Objetivo

Propiciar y acompañar en los formados el desarrollo de la gracia de su bautismo y de su vocación al ministerio presbiteral, para que, abiertos y dóciles a la acción del Espíritu Santo, se identifiquen con Cristo, Cabeza, Pastor y esposo de la Iglesia y, en El, sean fieles a Dios y a los hombres, sus hermanos.

Principios

Buscar a Jesucristo

Conocer a Jesucristo es fundamental, sobre todo cuando la Iglesia se empeña en una Nueva Evangelización, cuyo contenido no es otro que Jesucristo. La base principal y el verdadero contexto de toda la formación presbiteral  es la revelación divina, a la que los candidatos han de entregarse y servir con fidelidad. La lectura meditada y orante de la Palabra de Dios, se escucha humilde y llena de amor, permite descubrir la propia vocación y responder a ella de manera sincera y coherente.

La familiaridad con la Palabra de Dios, facilitará el itinerario de conversión en el sentido de alimentar en el corazón los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas.

Seguir a Jesucristo

Implica que los miembros de la Iglesia se esfuerzan cada día por vivir en el camino de Jesús y en obediencia al Espíritu "para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”. Puesto que por la recepción para el Sacramento del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo para proseguir su obra, los presbíteros, ya desde su formación en el Seminario aspiran a la perfección, según la Palabra del Señor: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. El seguimiento de Jesús es invitación a recorrer el camino de las bienaventuranzas, que en Honduras exige un serio compromiso de conversión hacia la justicia y la solidaridad para la paz. El camino de las bienaventuranzas "se arraiga en la experiencia de la Cruz para poder llegar en comunión profunda, a la plenitud del Misterio Pascual”. La formación espiritual llevará al candidato al perfeccionamiento de la caridad, se buscará así, no que funcione como sacerdote, sino que sea sacerdote.

 

Vivir íntimamente a Jesucristo

El Espíritu del Hijo nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos. Por eso la existencia cristiana en "Vida espiritual, o sea, vida animada y dirigida por el Espíritu”. La unión íntima con Cristo, fundada en el bautismo y alimentada por la participación diaria de la Eucaristía, exige por parte del candidato, la urgencia de empezar, en la "escuela del Evangelio”, a ser presbítero, esto es, a encarnar una forma de vivir en el cuerpo de Cristo de la manera expresada en la alegoría de la vid y los sarmientos. La relación fundamental con Cristo, cabeza y Pastor, configura, confirma y anima a los presbíteros y los sitúa en la Iglesia al servicio del Evangelio y de los hermanos.

Celebrar a Jesucristo

El Seminario se propone llevar a los candidatos a una vivencia seria de la liturgia y prepararlos para presidir dignamente y celebrar con el Pueblo de Dios las acciones litúrgicas. Por lo tanto, la celebración diría de la Eucaristía, ha de ocupar lugar central en la vida del Seminario.

Se hace necesario, por tanto, la educación litúrgica en la vida del Seminario. Los futuros presbíteros participan cada día de forma activa, plena, consciente y fructuosamente en la Liturgia de las Horas, y especialmente en la Eucaristía, de forma que luego, en su vida sacerdotal, la celebración diaria del Sacrificio Eucarístico y de la oración de la Iglesia se convierta en regla de su vida.

Continuar a Jesucristo

La tarea fundamental del Seminario es formar a Jesús en el corazón de los candidatos al presbiterado. Sólo la actuación transformadora del Espíritu Santo puede realizar esta acción. Todo candidato al presbiterado está llamado a ser discípulo de Jesús: Escuchando y meditando su palabra, discerniendo la voluntad de Dios en los acontecimientos, descubriendo a Jesús que lo interpela en la persona del Obispo diocesano, de sus formadores y compañeros y de los hombres a quienes es enviado principalmente por los más pobres y adquiriendo la mente y los sentimientos del Señor Jesús.
Está llamado a ser adorador del Padre, en su oración personal y litúrgica y en la vivencia de los sacramentos, de modo especial la eucaristía, fuente y cumbre de todas las actividades del Seminario, y la reconciliación, en donde expresa y vive su permanente conversión al Señor, y en un estilo de vida animado por la espiritualidad litúrgica de la Iglesia. Quien ha buscado al Señor, lo ha encontrado y le ha respondido, se forma para vivir un encuentro entre "el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre”

Conversión a Jesucristo

El Seguimiento de Cristo es un proceso que abarca toda la vida y que exige conversión diaria y purificación del corazón. De la actitud de conversión propia del Sacramento de la reconciliación proviene "el significado de las ascesis y de la disciplina interior, el espíritu de sacrificio y renuncia, la aceptación de la fatiga y de la cruz”. El presbítero es por excelencia el hombre de la reconciliación, por ello el Seminario ha de preparar a los futuros presbíteros en el cultivo del amor al Sacramento de la Penitencia fomentando los actos penitenciales, invitando a redescubrir la belleza y la alegría del Sacramento. El candidato podrá escoger libremente a su confesor.

Caridad Pastoral

Constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del Pastor. La formación espiritual exige buscar a Cristo en los hombres. La caridad consiste en el don de sí mismo por amor, en la entrega total al servicio de Dios y al ministerio Pastoral. Es necesario formar en los futuros presbíteros la "sensibilidad del Pastor” para que se conviertan en los hombres de la caridad y para que al mismo tiempo sean educadores de sus hermanos en la línea del amor. La formación en la caridad ha de llevar a una vivencia comunitaria de la fe y este carácter comunitario lleva a vivir la espiritualidad en un doble campo: La comunidad Parroquial y la Comunidad Presbiteral.

Inserto en medio de su comunidad, compartiendo las penas y alegrías del rebaño a él confiado, el presbítero diocesano comparte su vida como un verdadero padre y pastor a la manera de Jesús, especialmente con los más necesitados.

Hacer la Voluntad de Dios

El radicalismo evangélico es condición fundamental del seguimiento de Jesús, y que se expresa en múltiples virtudes y exigencias éticas, sobre todo en los consejos evangélicos. La vivencia de estos consejos hoy es en tanto más necesaria cuanto que el mundo cree más en los testigos que en los maestros. Los formadores ayudan a los candidatos a configurarse con Cristo, que es modelo y fuente de las virtudes de la obediencia, castidad y pobreza que el sacerdote está llamado a vivir como expresión de su amor pastoral por sus hermanos. "Se trata de la obediencia, que en el caso de la vida del sacerdote presenta algunas características peculiares”

Celibato Sacerdotal

El celibato es un don de Dios que se expresa en la donación profunda del propio Ser al Señor a través de un servicio generoso a la comunidad, y que fructifica en un corazón seducido por El. La virginidad y el celibato expresan una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y preciosos servicios al amor de comunión y de donación interpersonal. El celibato, don que no todos comprenden sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido, ha de entenderse como la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio pastoral.

Frente al hedonismo y secularismo que invaden la cultura moderna, el Seminario procura una formación humana amplia que facilite la valoración de la mujer sin prejuicios, de forma que el candidato pote con plena libertad para "estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y si verdadera finalidad y por lo tanto, en sus motivaciones evangélicas espirituales y pastorales.

Como cada candidato contará con el apoyo de un Padre espiritual, éste debe ayudar al seminarista para que llegue a una decisión madura y libre, que esté fundada en la estima de la amistad y sacerdotal y de la autodisciplina, como también en la aceptación de la soledad y en un correcto estado personal físico y psicológico. Por tanto, la dirección espiritual constituye un elemento privilegiado para la formación del futuro presbítero para consolidar una formación que ofrezca garantías de continuidad.

Pobreza Evangélica

La pobreza ha de ser entendida como "la sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino” y sólo ella asegura al sacerdote su disponibilidad a ser enviado allí donde su trabajo sea más útil y urgente, aunque comporte sacrificio personal. No es desprecio de los bienes sino uso agradecido de ellos, como también gozosa renuncia por Dios y los hermanos. La pobreza evangélica de los presbíteros es pastoral, solidaria y profética. Siguiendo el ejemplo de Cristo que siendo rico se hizo pobre para que nosotros fuéramos ricos con su pobreza, el candidato es educado para vivir esta virtud. Pues el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de la separación de la renuncia u de la no sumisión a la tiranía del mundo contemporáneo que pone toda su confianza en el dinero  en la seguridad material.

A Jesús por María

Santa María Virgen, discípula perfecta de Jesús, modelo y Madres de la Iglesia y mujer siempre dócil a la acción del Espíritu Santo, pedagoga del Evangelio para los pueblos de América Latina. Pues ella es el modelo ejemplar del perfecto discípulo y del auténtico servidor del Reino de Dios a favor de los hombres. Cada Aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como a la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios, que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad, que ha sido llamada a la educación del único y eterno sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna.