Justificación


La naturaleza y ejercicio del presbiterado exige una adecuada formación humana integral, que sirva de fundamento a toda la formación para el ministerio. Viviendo como hombre entre los hombres con los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y perfecta expresión de humanidad. Llamado a ser "Imagen Viva” de Jesucristo, Buen Pastor, el presbítero está llamado a reflejar aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre

Objetivos

  • Promover el desarrollo de la personalidad de los candidatos y la conciencia de su propia identidad para que adquieran la madurez humana, la capacidad de relación con los demás, la madurez afectiva y el sentido de pertenencia a la Diócesis o Instituto religioso que garantice un compromiso con la formación.
  • Ofrecer una experiencia comunitaria en la que los candidatos adquieran las cualidades necesarias para que lleguen ase signos y agentes de comunión y participación en el servicio ministerial.

PRINCIPIOS

Madurez

El desarrollo de la madurez permite al candidato dialogar, captar la realidad, expresar juicios serenos y firmes y tomar las decisiones convenientes para su vida. El ministerio presbiteral exige una sensibilidad humana que permita al pastor comprender las necesidades y acoger los ruegos, compartir las expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida cotidiana de los hombres.

La madurez humana es una preocupación presente desde el inicio de la formación y merece una atención permanente a lo largo del proceso formativo; sus principales manifestaciones son: La estabilidad de espíritu, la capacidad para tomar prudentes decisiones y la rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres. La madurez humana implica el logro de la verdadera libertad que lleva al candidato a ser dueño de sí mismo, capaz de reconocer sus valores y limitaciones, decidido a compartir y a superar las diversas formas de egoísmo, dispuesto a abrirse a los demás con generosa entrega y servicio, y a comprometerse por convicción y en conciencia a observar la disciplina del Seminario y a aceptar, en libertad y responsabilidad, la autoridad de los formadores.

La madurez psicológica global es un proceso en el que se integran la acción de Dios y la libertad humana. Los formadores acompañan al candidato diligente en un clima de apertura y confianza, y se valen, si se ve necesario, con la debida prudencia y discreción, de la colaboración de psicólogos y otros especialistas de comprobada idoneidad y de orientación cristiana.



Cualidades y Virtudes

La formación humana busca adquirir una conciencia moral recta que se manifieste en la obediencia a las responsabilidades morales, a la verdad de su propio ser y logre paulatinamente una personalidad de profundas convicciones y valores propios. El ministerio presbiteral necesita el cultivo de las cualidades humanas necesarias para la formación de ministros equilibrados, sólidos y libres, honestos, responsables, fieles a las palabras dadas, leales y justos.

La prudencia es una especial virtud, que lleva al candidato a ser vigilante sobre el comportamiento personal, a pensar serena y seriamente antes de emitir juicios sobre acontecimientos y personas, a callar oportunamente en función de la caridad, a distanciarse y aún a renunciar a todo aquello que pueda poner en peligro su castidad y en el futuro, su fidelidad al celibato sacerdotal. La formación en la disciplina personal y comunitaria contribuye a desarrollar el sentido de ascesis, indispensable para una adecuada madurez humana y para la capacidad de afrontar y superar dificultades.

La formación humana, particularmente la efectiva, es básica para vivir auténticas relaciones interpersonales para una adecuada madurez humana y para la capacidad de afrontar y superar dificultades. La Formación humana, particularmente la efectiva, es básica para vivir auténticas relaciones interpersonales y para una opción clara por el celibato. Tal formación, superando las actitudes de egocentrismo y las ambigüedades, lleva al futuro presbítero a alcanzar una ubicación claramente altruista y oblativa. Se trata de una madurez progresiva que mira las características de las diversas etapas del crecimiento. La formación al presbiterado requiere una sana y equilibrada educación sexual para la vivencia de la afectividad, en general y en particular, del celibato, como dedicación total a Jesucristo y al servicio de la comunidad.Cuando un joven manifiesta actitudes afectivas que expresen una clara incapacidad para su opción por el celibato, será orientado hacia una opción distinta.

La opción por el celibato exige una visión clara del amor que comprometa a toda persona, a vivir con serenidad y alegría la castidad como la virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el significado esponsal del cuerpo. El amor maduro lleva a superar la soledad y a construir la comunidad, con la gracia del Espíritu y con solicitud por Jesucristo y la Iglesia.

Los candidatos manifiestan el vínculo de caridad y la madurez afectiva por medio de una adecuada autoestima, profundo sentido de amistad y solidaridad en relaciones humanas sencillas y cordiales.


Solidaridad y Reconciliación

"De particular importancia es la capacidad de relacionarse con los demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a ser responsable de una comunidad y hombre de comunión”. Esto exige que el sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar.

El Seminario Favorece el desarrollo de cualidades de pastor, necesarias para que el ejercicio del ministerio, el presbítero pueda: Convocar, presidir, coordinar y ser vínculo de unidad en el Pueblo de Dios con gran  bondad y sabiduría. En el contexto de nuestro pueblo, afligido por una inhumana y antievangélica situación de violencia, es necesario sensibilizar cada vez más en el valor de la comunión, la solidaridad y la reconciliación: este es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías más eficaces del mensaje evangélico

Comunidad Eclesial



A ejemplo de los primeros cristianos que se dedicaban asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a la oración, la vida del Seminario es una experiencia de comunidad, unida por la misma vocación en Cristo y el mismo compromiso apostólico.

La Vida comunitaria se fundamenta en la naturaleza de las vocaciones bautismal y presbiteral, que son el llamado a participar en el plan por el que Dios ha querido santificar y salvar a los hombres, no en particular, sino construyéndonos en un pueblo. La vida en común es un misterio de comunión y participación, cuya fuente es el Dios comunidad, del cual procede todo amor y toda comunión. Todos estamos llamados a entrar en comunión con el Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. La vivencia de esta comunión lleva al pastor a construir la unidad eclesial en comunidades concretas.

La dimensión comunitaria tiene como perspectiva dos aspectos esenciales de la vida del presbítero: La comunión con su obispo y el presbiterio y la convivencia con la sociedad en que está encarnado su ministerio, para que el mundo crea. Así se han de preparar los candidatos a continuar, dentro del presbiterio y al frente de las comunidades eclesiales, la vida en comunidad iniciada en el Seminario. La vida común se construye con ayuda y sostenimiento mutuo, con esfuerzo generoso por derribar las barreras que la rutina, el egoísmo y el apego al propio parecer crean entre los que viven en común; exige mostrarse atentos a colaborar en los múltiples servicios que implica la vida de la comunidad.

El Seminario es una comunidad eclesial comprometida en la maduración de la vocación al ministerio presbiteral como familia eclesial, el Seminario abarca a todos y cada uno de sus miembros. Todos, según su propia responsabilidad y competencia, cooperan al bien de todo el cuerpo y al objetivo común. Formadores y candidatos aceptan con disponibilidad las orientaciones del Magisterio de la Iglesia sobre la formación presbiteral y se comprometen con ellas en obediencia.

La comunidad del Seminario vive en comunión eclesial con el propio Obispo, para que pueda ejercer afectiva y efectivamente su delicada misión de primer responsable de la formación presbiteral; acoge sus orientaciones pastorales y fomenta hacia él un espíritu de obediencia y de respeto como a ministro de Cristo y pastor de la Iglesia. Formadores y alumnos del Seminario constituyen una comunidad. Los primeros ejercen su autoridad como misión de servicio con amor y solicitud pastoral, a ejemplo de Cristo; los candidatos ven en ellos a los representantes de Jesucristo Pastor, cuyo ejemplo siguen al obedecer. Así, todos concurren a fortalecer la libertad y responsabilidad propia de los hijos de Dios, puesto que en Cristo todos se reconocen hermanos.

Muy útil en la formación de los estudiantes para la vida comunitaria es el desarrollo de la vida de Seminario al nivel de grupos menores institucionalizados como, por ejemplo:
  • Grupos Diocesanos en Seminarios regionales o nacionales
  • Grupos por cursos académicos (Grupos de Vida)
  • Grupos por equipo de Apostolado
  • Grupos por ciclos: Introductorio, Filosófico, Teológico
  • Grupos o comisiones para sumir uno u otro aspecto de la vida interna de la comunidad del Seminario.

En estos grupos menores tomará parte alguno de los formadores, el cual continuará en ellos, de forma más personalizado, su función de orientador. Con tales grupos menores bien orientados se busca formar en la fraternidad, del servicio de solidaridad, superar maduramente los conflictos y procurar una actitud de diálogo sincero.

Dentro de la unidad fundamental del Seminario hay también diversidad de personas y grupos; esta diversidad no es obstáculo para construir una auténtica vida de fraternidad, sino una oportunidad para compartir las riquezas y valores de cada uno, dentro de una visión que ayude a superar limitaciones personales y regionales.
Particularmente importante en la vida comunitaria es la inserción en la Iglesia particular, como lo expresa Puebla: el Seminario Mayor, inserto en la vida de la Iglesia del mundo, de acuerdo con las normas y orientaciones precisas de la Santa Sede, tiene como objetivo acompañar el pleno desarrollo de la futura personalidad humana, espiritual y pastoral, es decir, integral de los futuros pastores. Estos con una fuerte experiencia de Dios y una clara visión de la realidad en que se encuentra América Latina, en íntima comunión con su Obispo y con los presbíteros, han de ser los que animen y coordinen los diferentes carismas del pueblo de Dios para la construcción del Reino.


La Familia

Un aspecto particularmente importante de la formación humana es la relación de los candidatos con su familia. La familia tiene un papel importante y ofrece oportunidades decisivas a los aspirantes a la vida sacerdotal; por ejemplo, la posibilidad de descubrir concretamente el significado, valor y sacrificios del amor humano, una fundamental experiencia y estímulo para un trato afectivo y la posibilidad de conocer aspectos particulares de la psicología femenina.

Dados los muchos y graves fallos educativos de la familia de hoy, es preciso reconocer que para poder confiar en la familia, como factor integrador y favorecedor de la formación y de la perseverancia del futuro Sacerdote, hay que desarrollar una adecuada pastoral de la misma.

El Seminario valora la participación de las familias en la vocación de los candidatos, procura mantener con ellas relaciones constructivas e intercambio frecuente y cuida de incluir, en la organización de su plan de vida, actividades o celebraciones para manifestar aprecio y reconocimiento hacia ella.